Homenaje al natalicio del líder socialista: Bolivia: De la derrota a la esperanza

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Marcelo Quiroga Santa Cruz en esta conferencia (1964), dictada en la ciudad de Cochabamba, caracteriza el Estado del 52, su burocratización y la neutralización de este proceso insurreccional por el imperialismo norteamericano. Marcelo Quiroga convoca al pueblo boliviano a transitar de la Derrota, generada por el MNR, a la Esperanza, el camino de la revolución. Este texto, que da inicio a la trayectoria política de Marcelo, nos da pistas para entender el actual decurso histórico del MAS y el “Proceso de cambio” y la persistencia de una estructura estatal entreguista que caracteriza ambos procesos.

Marcelo Quiroga Santa Cruz/Conferencia dictada en 1964

Señor Rector, señoras, señores.

Debo comenzar confesando haber contraído aquí esta noche, una doble deuda de gratitud; con la universidad de San Simón, primero, por la generosa hospitalidad que me brinda, y con ustedes, por la tolerancia con que me escucharán espero esta noche.
Contrariamente a lo que podría suponerse, y debido a una omisión involuntaria en el título que se difundió para esta charla, la de esta noche no toca un problema ni tema literario, por el contrario, se refiere a un tema eminentemente político y de actualidad.
En alguna otra ocasión y a propósito de estos temas que en los últimos años han reclamado mi sincera preocupación aclaré el no representar a nadie. El señor Ocampo Moscoso que ha tenido la gentileza de presentarme ya ha hecho una alusión a este aislamiento involuntario en que como escritor estoy en la sociedad nuestra. En verdad nunca he ejercido función pública alguna. No he pertenecido ni pertenezco a partido político, a organización social, benéfica o de otra índole. No soy sino una persona aislada que pretende representarse con la mayor fidelidad posible.

Alguna vez en ocasión de decir a quién quería filiarme, cuál era mi oficio, tuve un cierto rubor de confesar este que es mío, el del escritor, porque se da, es cuestión de semántica, a la palabra escritor un carácter de calidad, de jerarquía que en realidad es injusto. Se dice escritor de quien escribe, como se dice zapatero de quien hace zapatos, sin que para ello sea indispensable decidir de la calidad de su manufactura. Así es escritor quien escribe, no importa si mal o bien.

Es en este sentido modesto, pero profundamente responsable, que yo asumo ante ustedes esta noche, la tarea y obligación de dilucidar con escasas luces es cierto, el problema de esta grave crisis que hoy día aqueja al país y de la posibilidad de alguna recuperación. ¿Cuál es el deber del intelectual en una sociedad en crisis? La nuestra ciertamente es una sociedad en crisis, pero contrariamente a lo que podría imaginarse de un modo interesado, no es una crisis de transición, sino por el contrario, una crisis que evidencia ser de decadencia. En el intelectual, cualquiera que fuese su especialidad, así sea catedrático de una universidad, profesional, periodista, escritor o artista plástico, hay una grave responsabilidad respecto de su sociedad. Hay hechos que atañen a la vida de la comunidad y que pueden y de hecho son desapercibidos para el común de las personas, pero un intelectual está en la obligación de advertir aquello que pasa inadvertido para los demás y cuando advierte esto, una asechanza, una amenaza cualquiera, cualquier hecho que pudiera poner en riesgo la vida de la comunidad y su futuro está obligado a decirlo, a decirlo públicamente y con todo el valor civil de que sea capaz.

Hay dos formas de faltar a la verdad, mintiendo que es una manera grosera de hacerlo y callando, más sutil y por lo mismo altamente peligrosa. El soslayar la dilucidación de los grandes temas nacionales de manera sistemática es una forma de mentir. El silencio con que alguna prensa radial o escrita, evade medrosamente el tratamiento de temas que pudiesen traer complicaciones a sus intereses materiales es un silencio culpable y con ese silencio todo intelectual, toda persona que tiene la obligación de discrepar públicamente, si hay razones para ello, está sumándose a una campaña medrosa y condenable de silenciamiento de las verdaderas causas que explicarían la situación en que el país está hoy día.

Es por esta razón, que aunque temo mucho no decir esta noche aquí lo que a ustedes les gustaría escuchar, temo mucho más todavía callar lo que debo decir.

Han podido ustedes advertir, con ocasión de las últimas elecciones, que algunos órganos de prensa, siguiendo esta trayectoria a la que me refería hace un momento, han editorializado, por ejemplo, sobre la exportación de la fruta o sobre la crisis en Laos cuando en nuestro país habían problemas demasiado graves y perentorios que resolver. Esta es una forma de fingido bizantinismo por la que apareceríamos nosotros más interesados en problemas que nos son extraños que en los problemas que nos competen de una manera tan íntima, tan dolorosamente próxima.

Este silencio del que yo no quiero hacerme cómplice explica en gran parte la desorientación general en que hoy día está el pueblo de Bolivia. Si hay un signo característico de nuestro tiempo, en nuestra comunidad, es este de la desorientación general. Cada persona, político o no, se plantea en el trabajo o en su hogar, el problema de saber a dónde se dirige esa comunidad de la que forma parte, cuál es el destino para este país y cuáles las razones por la que parecería que todas las mañanas despertamos ante una incógnita, no ante una nación con un propósito coherente proyectado hacia el futuro.

El intelectual, cuando menos permítaseme esta comparación, es un ojo de la sociedad. Es en este papel nada más que yo quisiera decir esta noche, a pesar mío, algunas cosas que serán ingratas para personas a quienes yo no quisiera decir nunca nada ingrato.
Cuando se habla de política en nuestro medio se hace una diferenciación entre el hombre de partido y el hombre que no lo tiene. El hombre de partido es un hombre comprometido con un conjunto de ideas, más o menos precisas, respecto de la realidad nacional y el que no tiene partido forma parte de esa clientela innominada, voluble de todos los partidos políticos. Esta clientela trashumante es la que en buena cuenta resuelve el destino de un país. Yo he llegado a la convicción, hace ya algunos años, de que este partido de los sin partido es el más numeroso en nuestro país. Ha sido engrosado en los últimos años con la evasión desencantada de multitudes que en 1952 prestaron una adhesión sentimental a ese proceso sociopolítico que se ha dado en llamar Revolución Nacional.

Quiero hacer acá una referencia a un hecho que toca de cerca al pueblo de Cochabamba. Esta conferencia si no hubiese merecido la generosa hospitalidad del Rectorado pudo haberse dictado en un otro lugar adecuado también a esta índole de charlas: la Casa de la Cultura, pero esta Casa de la Cultura hasta hace poco estuvo dedicada a la exhibición de combates. Fue convertida en un coliseo y hoy día está entregada a oficinas donde algunos hombres con gran conocimiento técnico de nuestras necesidades suplen las deficiencias de los funcionarios de la administración pública. Es en cierto modo, esta Casa de la Cultura de Cochabamba una imagen de la Bolivia de nuestro tiempo. Pan y circo se decía en frase clásica. Son dos formas de ficción y de comedia. Una de ellas grosera, destinada a desvirtuar la verdadera naturaleza de los hechos políticos y la otra destinada a convencernos de que vivimos en un país en vísperas de convertirse en una gran nación por obra de la capacidad técnica y cooperación económica que no son las nuestras.
¿Qué es la Revolución Nacional?

Acudo a la benevolencia de ustedes, para repetir algunos conceptos incluidos ya en el ensayo La victoria de abril sobre la nación, y me veo en la necesidad de leerlos porque son breves y porque de este ensayo surge en verdad la conclusión a la que yo quisiera arribar esta noche. Si elegí el título La victoria de abril sobre la nación para ese ensayo, es porque la nación aparecía como derrotada. De esa derrota es lo que quiero hablar esta noche. De la derrota de la nación y de una esperanza, la esperanza de nuestro pueblo.
Decía que hay en la relación escrita del desarrollo político de toda ex colonia un mayúsculo error de interpretación histórica. Consiste éste en atribuir a la fundación de la República el carácter de un vagido histórico. De este inveterado equívoco se sigue con envidiable e ingenuo sentido cronológico que toda edad, posterior a la de su advenimiento, será edad de aproximación a un estado de plenitud de difícil definición.

Al reconocer en el momento de la organización republicana un anodino punto de partida, se ignora que si bien, para la biografía de la República en cuanto República, toda época pretérita tiene apenas el sentido de una progenitura proclive a la leyenda, para la historia, en cambio, tiene un valor de un desarrollo social cuya culminación es la República misma. Así el Altoperú es la infancia de nuestra nación y su transmutación en Bolivia indica el momento en que algunos postulados y algunos apetitos colectivos hicieron posible un breve pero intenso estado de entusiasmo en torno de la idea de República independiente.

Si la fundación de Bolivia es el apogeo de una ascensión que dura lo que duró la colonia, ¿no parecerá natural acaso que la centuria posterior al hecho fundamental sea una inevitable caída hacia un perigeo sospechosamente próximo en el tiempo a la Guerra del chaco? Por qué si la idea de independencia dio cohesión al conglomerado social altoperuano, logrado este ideal, habrá que preguntarse por el elemento unificador que debió aglutinar a los grupos circunstancialmente unidos.

Una nación es una sociedad que vive cotidianamente venciendo el riesgo de desilusión y creando atractivos programas de acción en común. No se requiere de gran perspicacia para percatarse de que, comparado con el apetito libertario de la edad colonial heroicamente satisfecho, todo cuanto lo que la República deseó después fue un plato de lentejas. ¿Qué otra cosa sino significaba el repertorio de ideales republicanos comparados con aquel alucinante proyecto de ser libres e independientes y de entrar súbitamente en el goce de cuanto hasta entonces no les pertenecía? Juzgada así nuestra historia, Bolivia habría nacido de un extremo acto de fe: la República independiente. A expensas de este magnífico estado de hipertensión cívica vivió la República un siglo.

En este ensayo se hacía referencia a la Guerra del Chaco, después del hecho libertario, y a la revolución de 1952, como a dos cimas en la vitalidad de la nación. Fueron de hecho dos circunstancias históricas que concitaron la máxima cohesión de que ha sido capaz nuestro país, aunque por circunstancias completamente distintas. Es ya un lugar común, entre los comentaristas de nuestra historia política, el hecho de que luego de la Guerra del Chaco y de la tragedia que significó esa nuestra derrota nacional, muchos hombres jóvenes y muchas ideas también jóvenes comenzaron agitarse en nuestro ambiente político en busca de soluciones que aseguraran un futuro mejor para el país. Todas estas corrientes y todos estos hombres no tenían sino un propósito, un objetivo, una grande, una vasta empresa de rectificación nacional que pusiese en manos de los bolivianos la convicción de ser capaces de dar forma a una nación fuerte y digna.

¿Ha sido evidentemente en 1952, el movimiento encabezado por el partido político Movimiento Nacionalista Revolucionario, una revolución?

Yo creo, por el contrario, que ha sido nada más que un Movimiento, y acá quisiera dar lectura a un párrafo breve en explicación de este concepto. El proceso político iniciado en el año 1952 ha merecido sin discrepancia conocida el nombre de Revolución. Con igual unanimidad se le ha añadido el aditamento Nacional para significar que la hondura de las transformaciones intentadas que justificarían el primer vocablo es de una profundidad, que más allá de nuestras fronteras, parecería superficial. En este reconocimiento de su carácter locativo, en esta confesa carencia de un sentido ecuménico, debiera detenerse la curiosidad de los comentaristas políticos. Es la confesión de que falta una pieza sin la que el mecanismo revolucionario no puede funcionar. Esta pieza tiene un nombre: universalidad y su intervención en el aparato revolucionario es a tal punto necesaria que sin ella el vertiginoso avance de que sería capaz se reduce a una triste ilusión de movimiento que no progresa. Tal el caso de esta revolución nacional que ya cumple, en ese entonces decía ocho años, en la tarea de desordenar la apariencia institucional de Bolivia y con ello regalarse la sugestión de que transcurre por paisajes nuevos.

El requisito ecuménico podría no tener un sentido tan riguroso si acaso Bolivia fuese una nación de estructuras sui generis, pero sucede que la suya es una organización común a todo occidente. No digo que hubiese sido, sino que continúa siendo la misma, sin innovación digna de la medida revolucionaria, porque la modificación del régimen de propiedad agraria ó la aplicación de un criterio irrestricto en la interpretación del voto universal ó la estatización de la economía nacional y la desnacionalización de la economía del estado son todas medidas que podrían parecer audaces más bien por sus consecuencias que por la dificultad de realizarlas, pero que con algunas diferencias de forma y de tiempo, ambas desfavorables a Bolivia, han sido adoptadas por otras naciones, que no por ello incurrieron en el error de suponerlas probatorias de un estado revolucionario.

En cuanto a la calificación de Nacional con que se horna la intención revolucionaria obedece a un doble propósito. El primero le confiere un carácter diferenciador por el que la empresa intentada no reconocería vinculo alguno con la revolución proletaria en la que se objetiviza la filosofía marxista. Política de buena vecindad, se dice, en un cauteloso lenguaje político y diplomático. El otro propósito es despojar al movimiento de abril del carácter doméstico que tiene y cubrirlo con una extraña vestidura autóctona y exótica a la vez.
Para lograr este segundo objetivo se dice que otras revoluciones nacionales se desarrollan paralelas en diversos continentes. Que ello es prueba de que la iniciada aquí disfruta del carácter trascendente que la ubicuidad de los principios en que ellas se sustentan les confiere. Pero este es un puro error de interpretación. Lo cierto es que los Movimientos de Emancipación Nacional, comunes al África, Asia y América, obedecen al ciclo de integración y desintegración imperial que es una constante histórica. La roma imperial fue el resultado de progresivas incorporaciones y su decadencia y muerte fue causa y efecto de un movimiento de secesión por el que los núcleos incorporados buscaron su emancipación. Estamos asistiendo al ocaso de los imperios europeos y por ello al nacimiento de nuevas repúblicas. En la medida en que aquellos se aproximan a su muerte, se acercan éstas a un estado de plenitud que, por magnifico y ansioso que fuese, no constituyen un estado revolucionario.

Qué era pues, si no revolución, este proceso iniciado en abril de 1952. Era un movimiento, un autentico movimiento, y la diferencia entre éste y un simple partido político no está solamente en orden a la magnitud del mismo o al número de militantes o adherentes, sino a que un movimiento se propone interesar a la nación en torno de un objetivo nacional y un partido se propone llegar al poder para el desarrollo de un programa que generalmente no significa una modificación, más o menos radical, de las estructuras hasta ese entonces vigentes. Era pues un movimiento, y a mi juicio en la historia política del país, ninguno más popular, ninguno había merecido hasta ese instante mayor y más apasionada adhesión del pueblo de Bolivia.

Sin embargo debemos preguntarnos por el grado de coherencia atribuible a los grupos que conformaron este movimiento nacionalista revolucionario de 1952.

¿Se trataba realmente de un movimiento doctrinalmente definido o por el contrario había en él un sin número de ingredientes de muy distinto origen doctrinal, más bien que la ortodoxia en materia doctrinal marxista? Porque más de una vez se ha señalado la tesis de Pulacayo y otras contribuciones de carácter teórico como fundamento de este movimiento iniciado el año 52. Lo que hubo fue la penetración en una sigla, el MNR, de una serie heterogénea de grupos y partidos políticos que entraron por este medio en la posibilidad de llegar al poder y operar desde allí una grande transformación en el país.

¿Quiénes participaron en la Revolución de abril?
Si nosotros conceptuamos a la nación, no como una empresa comercial de la que unos son socios mayoritarios y otros lo son en minoría, sino como una comunidad de la que nosotros tenemos que ser irremediablemente solidarios en horas de fortuna o de desastre, no podemos entender al Movimiento Nacionalista Revolucionario del año 52 como a un grupo extraño a la nación. Hay una tendencia en aquellos grupos políticos que se han opuesto a este partido a considerarlo como un grupo extraño al país. Yo soy de los que sostiene desde hace tiempo que el Movimiento Nacionalista Revolucionario el año 1952, mereció la adhesión del país, en su gran mayoría. Soy de los que sostiene que si ellos han fracasado en el gobierno, también nos han arrastrado a nosotros en este fracaso. Todos los hombres de este país teníamos el derecho de confiar en que esa grande esperanza puesta en sus manos no fuese frustrada. Teníamos el derecho de exigir que ellos, apoderados políticos nuestros, fuesen dignos de esta confianza popular y no malgastaran y no dilapidaran la enorme energía acumulada en muchos años después de la Guerra del Chaco.

¿Qué se propuso la Revolución de abril?
Aparte de las muchas explicaciones que sirven más o menos eficazmente para llenar las páginas de los diarios oficiales, yo creo que los objetivos más importantes de este proceso sociopolítico pueden sintetizarse así: ellos se proponían y con ellos el país la independencia política, después la independencia económica y luego la liberación social. No hay un orden de prioridad en estos tres objetivos que acabo de señalar.
Qué es lo que se proponían en orden a la independencia política. Ésta tenía un doble aspecto. En lo nacional, era la independencia del Estado respecto de otros intereses dentro del país y sobrepuestos al mismo. En lo internacional era la independencia política del estado boliviano en relación con otros estados.
En cuanto a la independencia económica, primero había la necesidad perentoria de independizar al estado respecto de otros intereses nacionales también en orden económico. Y en el aspecto internacional había que liberar a la nación de una forma de dependencia económica respecto de otras naciones.

¿Se han cumplido esos objetivos?
El gobierno del MNR, al estatizar la minería privada ha sumado al poder político un poder económico, que por ser la industria extractiva, base de la economía del país, a significado para él una acumulación de poder económico y político incontrastable.
¿Pero esto le ha permitido acaso esa forma de liberación que ellos y el resto del país se proponían obtener por esta vía?

¿No es acaso más bien una forma de prevaricato político?
¿No es verdad, acaso que el Movimiento Nacionalista Revolucionario desde el gobierno se convierte en juez y parte y acumulando el poder económico en el poder político, ya no del Estado sino del gobierno, que significan dos cosas completamente distintas, ha sobrepuesto al Estado, que implica el concepto de nación, un otro orden puramente gubernamental y burocrático en manos de un partido y sobrepuesto a los verdaderos intereses nacionales?

Y en cuanto a la pretensión de encontrar por este camino una independencia política con respecto de otros estados, ¿no es evidente acaso que la minería estatizada en constante deterioro por la incapacidad y la deshonestidad de quienes la administran, ha tenido necesidad de una cooperación económica creciente de los Estados Unidos de América? Si además el Estado es el propietario de estas minas, ¿no es evidente que hoy día se ha reemplazado a lo que fue un poder económico nacional dentro del país por un poder político extra nacional que tiene que decidir de la suerte de ese gobierno administrador de las minas?
La verdad es que por este camino, y acá quiero hacer una aclaración personalmente, yo no estoy en contra de la medida de la estatización sino de la deshonestidad y la inepcia de quienes administran estas empresas, se ha logrado una forma de hipertrofia estatal sobrepuesta al país. Si hace catorce años se hablaba del superestado minero, hoy día yo creo que con toda propiedad debe hablarse del superestado del MNR. Es una forma de superestado porque es una entidad gubernamental. Es un aparato oficial que representa mal al país, sobrepuesto a los intereses del país mismo.

¿Y cuál fue el tercer objetivo grande de esta empresa revolucionaria?: la liberación social.
Se pretendía liberar al campesino de una forma de explotación y se pretendía liberar al proletariado y a la clase media de una otra forma de explotación, según la literatura política al uso, de lo que en ese entonces se denominaba una rosca y que hoy día se la trae a cuento en las proclamaciones y en los discursos políticos con absoluta insinceridad, como haciendo referencia a un ente que ya no tiene vigencia en la vida política del país.

¿Se ha logrado este objetivo?
¿Es o no verdad que el campesino hoy día en Bolivia está sometido a un intermediario entre el gobierno y ellos, y que forma una suerte de costra sindical sobrepuesta a sus necesidades e intereses? ¿Es el dirigente sindical hoy día el resultado de una selección natural por la que los mejores o los que mejor comprenden el destino de esa gente asumen su representación para lograr algunas modificaciones? o ¿es más bien una especie de funcionario político del gobierno que se pone a la cabeza de la gente a la que se le niega el derecho de
elegir a sus dirigentes?

El Movimiento Nacionalista Revolucionario, a partir del tercer período de gobierno, ha presenciado no sin preocupación un fenómeno de liberación de estos hombres que componen aquello que denomino la costra sindical sobrepuesta a los sindicalizados. Es una forma de manumisión por la que estos hombres adiestrados en el manejo y control del campesino o del proletario se liberan del control político gubernamental y comienzan a realizar un trabajo de proselitismo en beneficio ya no de un partido en el gobierno, sino de una clase sin partido, o peor aún de una clase como partido.

Acá, porque no se puede evitar la dilucidación de este tema, debo entrar a referirme a las relaciones entre nuestro país y los Estados Unidos de América. Sobre todo a partir de 1952.

La Revolución boliviana, como se ha dado en llamar a este proceso, no ha sido la primera en el tiempo en nuestro continente. Todos ustedes saben de una otra anterior operada en Guatemala y de una otra posterior todavía vigente en Cuba. ¿Cuál fue la actitud de los Estados Unidos de América respecto de estos procesos políticos operados en tres países? En el caso de Guatemala, fue una revolución efímera, dominado por la fuerza por intermedio de un capitán, que apoyado por ciertos intereses económicos, pudo dar fin con esa insurrección, cuyas peculiaridades yo desconozco. En el caso de la Revolución boliviana, es el caso característico de una insurrección popular domesticada por el hambre. Hay una razón fundamental y que a juicio de quienes dirigen la política internacional en los Estados Unidos explica esta mixtuosa consideración que siempre ha tenido desde el año 52 el Departamento de Estado por la Revolución boliviana. Se trata de una Revolución que a pesar de ser tal es sin embargo respetuosa del Régimen interamericano. En la medida en que un proceso revolucionario de esta índole, dicen ellos, se mantiene solidaria con ciertos principios, aquellos que aparentemente sustentaría a modo de líder los Estados Unidos de América, es un proceso político insurreccional que debe merecer la tolerancia y aún el apoyo de los Estados Unidos de América. A esta circunstancia debe agregarse el hecho de que la Revolución boliviana fue sorprendida en la hora de su ocaso por la vigencia de este mismo proceso, pero con carácter continental. Cuando habían razones para suponer que este proceso iniciado aquí con tanto vigor había comenzado a decaer, al punto de poner en riesgo la estabilidad del partido de gobierno, la vigencia de ciertos principios, de ciertas actitudes en otros países latinoamericanos le dieron un nuevo impulso venido de fuera, impulso que desgraciadamente no ha servido para tonificar un proceso de recuperación y rectificación nacional, sino para consolidar en el gobierno a los saldos de un partido opuesto en lo substancial a los intereses del país.

Ustedes comprenderán la dificultad que tengo en expresar como lo hago estas opiniones, si están enterados que no hacen 20 días estuve en los Estados Unidos de América, invitado por el Departamento de Estado en relación con su programa de Cooperación cultural. Allí hice declaraciones para la prensa y la radio y sostuve más o menos puntos de vista semejantes a estos. Hago esta aclaración, porque mi posición como hombre que debe un trato cortés al pueblo de los Estados Unidos y una hospitalidad que yo agradezco, es al mismo tiempo la del hombre que a su retorno está obligado a decir algo más serio y más hondo que el aparente confort en que vive el pueblo norteamericano, algo que atañe a nuestro destino.

Cuando uno llega a los Estados Unidos de América, no puede evitar rozar siquiera con quienes lo reciben el problema de la administración Kennedy.

¿Qué representa el señor Kennedy para los Estados Unidos de América?
Para una parte de este país aquella que no se adviene a prestar su concurso a modificaciones que son imposibles de detener o de desvirtuar, se trataba de un joven intelectual audaz con ideas peligrosas para los Estados Unidos, un gran innovador, al que no debía dejarse por mucho tiempo más en el gobierno acumulando un poder político que amenazaba con los principios básicos de la manera democrática que tiene peculiarmente Estados Unidos de organizarse. En cambio para otra parte de esa nación, Kennedy fue el gran revolucionario, el principio de una modificación profunda en los hábitos y costumbres de ese país. He podido observar allá que la muerte de Kennedy no ha servido en absoluto para destruir los principios que él difundió desde su gobierno. Por el contrario, la muerte de Kennedy ha sido, a modo de un pedestal, que ha erigido su figura más fuerte, más justa y más segura de su victoria en el futuro. Hay mucha gente en ese país que está convencida de que Kennedy como el Cid ha de vencer después de muerto. Kennedy se ha hecho idea y esto es invulnerable.

Hago esta referencia a Kennedy porque, fuera de los Estados Unidos y dentro de él, se advierte un fenómeno que a los norteamericanos deja perplejos. ¿Por qué este hombre es más popular fuera de los Estados Unidos que dentro de los Estados Unidos? No ignoran ustedes que los Estados Unidos de América, hasta la segunda guerra mundial, era un país que vivía con los ojos hacia adentro. Se trataba de una gran nación, rica, bien ordenada, sin grandes problemas, ni sobresaltos. Entonces era a poco, un modo de una isla en el espacio que no requería vitalmente de la relación con otras naciones. De ahí que su régimen general de Política internacional adolecía de inmadurez y en gran parte de una gran carencia de hombres avezados en esta especialidad. ¿Pero qué pudo hacer este milagro por el que Estados Unidos a través de la administración Kennedy, lograba una adhesión mayor que todos sus predecesores juntos y en tan pocos años? La compresión de que las relaciones sobre todo con Latinoamérica, este pariente pobre que debe estar siempre junto a los Estados Unidos. Kennedy dijo en su campaña electoral una vez: “hemos cometido un error al alagar sin medida a pequeños dictadores centro o sudamericanos por el solo hecho de comprometer públicamente su posición anticomunista. Debemos modificar esta conducta”.

La Alianza para el Progreso, obra del presidente Kennedy, es en cierto modo una reedición de lo que fue en su tiempo el Plan Marshall aplicado a Europa. Sin embargo, Europa, una economía altamente industrializada, pudo aún con mucho menos de lo que se le dio, recuperarse muy prontamente. Por el contrario, esta Alianza para el Progreso, bien intencionada en su proyección, se malogra por algunas razones que ya están en la convicción de todas las personas. Sólo de paso quisiera referirme al hecho de que el continente sur, cada vez debe consultar mayores y más insolubles problemas en orden a la habitación popular, a las vías camineras de circulación y otros, y que su monto es de una magnitud francamente insuficiente para dar solución a estos problemas. A eso se agrega que hay un mecanismo burocrático pesado por el que esta ayuda llega ó tarde ó no llega. Además está en el conocimiento de todos, se nos provee dentro del plan de la Alianza para el Progreso, más bien de bienes de consumo que de bienes de producción.
A lo que sí quisiera referirme con mayor amplitud es a un aspecto que tiene una relación directa con la política. Es verdad que propiciar una diplomacia de pueblo a pueblo es francamente utópica, pero no es menos cierto que comienza a manifestarse un disgusto general en Latinoamérica por esta forma de cooperación económica que aparece más bien que entregada a los pueblos, a los gobiernos con quienes los Estados Unidos mantienen buenas relaciones.

Esto deja la idea justa o no de que a los Estados Unidos de América les interesa más que la buena voluntad de sus pueblos la docilidad de algunos gobiernos.

¿Esto es cierto o no en el caso de Bolivia? ¿Cuál ha sido tradicionalmente la política del Departamento de Estado respecto de los países latinoamericanos?

El Departamento de Estado ha buscado en sus relaciones con Sudamérica siempre al hombre fuerte. Se es fuerte por dos razones, o por que se sea popular o porque se tenga el dominio de los aparatos de fuerza. Esto hacía que en una buena parte los presidentes de las repúblicas centro y sudamericanas fuesen militares, por la segunda razón obviamente y no por la primera. Además eran por su formación profesional anticomunistas y esto daba, aparentemente, suficiente fundamento para que los Estados Unidos de América los apoyaran decidida e incondicionalmente.

¿Cuál ha sido en relación con este esquema la clase de ayuda y cooperación política y económica que el Departamento de Estado ha prestado al gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario?

Debo referirme al Presidente de la República como al hombre fuerte que el Departamento de Estado necesitaba en sus relaciones con nuestro país. Pero con el Presidente de la República ha ocurrido lo mismo que ha ocurrido con todos los otros presidentes que merecieron esta clase de apoyo. Se hacen débiles a causa justamente de su dependencia del Departamento de Estado y esta es una forma de anemia que también está acabando con el señor Presidente de la República de nuestro país. Yo quiero esta noche poner el acento sobre todo en esta reflexión que, a juicio mío, explica en gran parte este grado de desorientación y de angustia en que vive el país.

¿Por qué razón el Departamento de Estado, se empeña en convencernos a los bolivianos de que hay sólo un hombre capaz de garantizar el desarrollo de este país, de que hay solamente un hombre en quien él puede confiar?
Se resiste el país a aceptar esta forma de providencialismo domestico por el que todos los demás somos gente incapacitada para la administración eficaz y honesta de nuestros negocios nacionales.

Este grado de dependencia a que ha llegado nuestro país respecto a los Estados Unidos de América, es algo que insensiblemente inhibe la conducta de toda la nación. No se puede admitir la idea de que nuestro país amanezca todos los días para enterarse por los diarios de lo que los Estados Unidos han resuelto hacer en nuestro territorio al día siguiente. No es posible que los señores periodistas busquen en la embajada americana la respuesta a nuestros problemas.

Es verdad que el Departamento de Estado quisiera, en la medida que fuese posible, desligarse de esta grave responsabilidad que está adquiriendo y que compromete su prestigio. Pero no es menos cierto, que una parte de ese partido de gobierno que hoy día queda en el palacio, encuentra la manera de convencerles de que ellos son la única posibilidad de evitar en el país un caos, una anarquía, de evitar que el comunismo llegue al gobierno.

Este es uno de los argumentos simples por los que se nos ha querido convencer de que solo hay dos alternativas para Bolivia: o el Presidente de la República a la cabeza de los residuos de su partido en una posición anticomunista ó el comunismo. Este es un esquema tan ingenuo y tan deliberadamente simplificado que una gran parte del país está resuelta a rechazar. La falta de una alternativa política al gobierno del MNR parecería ser el fundamento de esta adhesión, de esta cooperación sin límites, que hoy presta el Departamento de Estado al gobierno del señor Paz Estensoro.

Al comenzar esta charla hice alusión al extraordinario vigor de este partido el año 52. Creo que está en la conciencia de todos, que por lo menos los primeros cuatro años se sostuvieron sobre la base de una autentica popularidad. Creo que los otros cuatro, fueron años en los que el gobierno se mantuvo gracias a la eficacia de ciertos organismos de represión y de fuerza. Los últimos cuatro, éstos que están terminando en estos meses, en realidad le sostiene nuestra debilidad, que es la debilidad de todo el país. Y esta debilidad es fruto de nuestra desorientación. Los próximos cuatro no hay que dudarlo solo lo sostendrá el Departamento de Estado, si persiste en esta equivocada tarea.

Hemos presenciado en el último tiempo una serie que no parece haber llegado a su fin de desgajamientos del partido de gobierno. Uno de ellos, hoy día, tiene otro nombre y a la cabeza de él está el actual Vicepresidente de la República. Todos se han dado cuenta de que este desgajamiento último es tan grave para el Movimiento Nacionalista Revolucionario que significa poco menos que un corte en el cordón umbilical que unía a eso que queda del partido de gobierno con lo poco que le quedaba del pueblo. Y, sin embargo, a pesar de esta orfandad en el seno de su propia organización partidaria, parecerían existir razones de tan difícil comprensión que nosotros no alcanzamos a entenderlas para perseverar en la idea de sostener a ese residuo de partido y al Presidente de la República en actual ejercicio.

En esta empresa de sofisticación general se ha hecho uso de una deformación de la idea y del concepto de pueblo. Pueblo comenzó siendo esa parte de la población menesterosa, necesitada. Después ha sido reemplazada por una capa compuesta por funcionarios públicos y gente que no tiene trabajo, como no sea el prestar servicio a reparticiones de represión en el gobierno.

¿Pero es que se puede admitir hoy en Bolivia la idea de que pueblo sea solamente ese centenar que concurre a la plaza Murillo de La Paz en ocasiones en las que se exige su concurrencia para manifestar una débil, casi agónica, adhesión política,?

¿No es pueblo acaso y con mayor derecho ese que está compuesto del chofer de taxi, de la costurera o del profesional? ¿Ese que con amargura todos los días se pregunta lo que ha de ocurrir con su país al día siguiente? ¿Cuál es la diferencia entre esa caricatura de pueblo que sale a los desfiles y en ese otro pueblo que permanece en sus casas? La diferencia está en que entre ellos están unidos, aunque fuese por el salario. Los otros, todos, estamos absolutamente aislados. Los unos de los otros. Yo no puedo creer que solamente a mí o a otras personas nos ocurre este fenómeno de sentirnos solos, de sentirnos tan aislados que creamos los límites de nuestra individualidad como si fuesen los límites mismos del mundo externo. Hay una falta de conexión vital que obedece a causas muy hondas y de las que tenemos que preguntarnos cómo salir.

Si algún motivo grande y noble había en el fondo del proceso revolucionario iniciado el año 52, era una razón de soberanía que debe estar por encima de cualquier otro concepto. Liberación económica, liberación política, liberación social, significaban en suma un solo concepto: afirmación de patria, sentido de nación, soberanía popular y política.

¿Somos hoy día un país soberano? ¿Está en nuestras manos decidir de nuestros problemas? ¿Cómo puede admitirse que un país por bien intencionado que esté, otro, encomiende la designación del partido opositor que debe vigorizarse como alternativa política o el número de años que debe permanecer un funcionario público, sea quien decida de estas cuestiones de detalle.

Hay en este hecho, que es la insurrección de 1952, algo que nos toca aún a los que hemos estado frente al gobierno desde el primer instante. Yo personalmente, y perdóneseme esta referencia personal, y mucha gente de este país, ha estado frente al gobierno, pero no porque hubiese hecho una revolución, sino porque no la ha hecho, porque no ha habido amor en el fondo de ella, porque no ha habido fecundidad en ninguna de sus medidas, porque todo ha seguido el signo de la deshonestidad, de la ineptitud o de la barata y mezquina represalia política. Pero nosotros teníamos el derecho de esperar algo más que esta forma de empresa comercial en que se ha convertido ese proceso insurreccional. Teníamos el derecho de exigir que ellos no incurran en esa forma jurídica que se llama abuso de poder y en este caso también abuso de confianza.

Como la revolución a fracasado, todos, aún los adversarios de ella, nos sentimos inmersos en esa atmósfera de frustración que inhibe la conducta de todo el país. Y nuestro país hoy día no puede ser más esa nación, aunque modesta, en la cual cada hombre podía ver como en un paisaje que se desarrolla ante sus pies, una casa, un hijo, cualquier forma de progreso material o espiritual. Hoy día tenemos la sensación casi física de estar parados al borde de un abismo y cada día para nosotros es una incógnita angustiosa.

A tal extremo a llegado esta falta de autonomía del gobierno de Bolivia que es frecuente encontrar en labios de la gente del pueblo alguna referencia más o menos sarcástica al señor embajador de los Estados Unidos. Yo pregunto, haciendo una comparación entre un jefe de familia y el jefe de estado, o sea de esta otra gran familia que es un país, ¿cómo es posible admitir la idea de que el padre no pueda definir problemas que atañen a la familia y tenga que consultarlos y pedir la venia a un extraño? A tal extremo se ha llegado en este proceso de debilitamiento sistemático del poder del gobierno boliviano que con todo derecho podemos decir parafraseando a Shakespeare: en este país nadie es presidente y el presidente es nadie.

Esta conferencia ha sido deliberadamente titulada de la Derrota a la Esperanza. Cuanto he dicho hasta este instante, no es sino reflejar con mucha imprecisión la derrota que es la nuestra. Yo quisiera además, es una pretensión excesiva, señalar un otro camino de esperanza y de recuperación para el país. Hay entre los bolivianos una generación que ya debió habérsela designado como la generación del 52. Se trata de personas que no pasaban los 25 años de edad cuando se inició este proceso y hoy día son gente que está por encima de los 35. Todas estas personas no han tenido ninguna forma de cooperación con los gobiernos anteriores y no la han tenido con el gobierno actual y sin embargo de ello, sin embargo de esta absoluta falta de responsabilidad en el pasado y en el presente, tampoco parecen tener la posibilidad de prestar su concurso a una empresa de rectificación nacional.

Hay una ley natural de la política por la que un partido en el ejercicio del poder sufre un desgaste progresivo de esa popularidad acumulada en la oposición y otro partido que crece a expensas de ese desgaste. Si convenimos en que el Movimiento Nacionalista Revolucionario del año 52 fue el partido político más popular en nuestra historia y hoy es casi axiomático que es un partido francamente impopular, tenemos que preguntarnos por aquel partido que hubiese crecido a expensas del decaimiento del partido de gobierno. Si no hay un partido que hubiese crecido en esa medida, por lo menos en una medida aproximada al decrecimiento del Movimiento Nacionalista Revolucionario, tenemos que pensar en que dirigentes políticos y no políticos de este país tienen que proponerse encontrar una solución. El definir un camino que pueda dar organicidad a esta masa de gente que se opone al gobierno, pero que no sabe para qué se opone, o para conseguir qué después cuando le toque el turno de asumir responsabilidades de gobierno.

Mi posición personal, aparte de no ser un militante político, es de la persona que cree que una tradición profundamente democrática y cristiana en nuestro pueblo, señala un camino de recuperación nacional sobre la base de estos dos conceptos fundamentales. Yo estoy seguro que una inmensa cantidad de gente en este país está dispuesta a aceptar el grado de responsabilidad que le corresponde en este fracaso de 12 años, aunque fuese esa responsabilidad que surge de la omisión, de la renuencia a prestar su concurso personal. Y estoy seguro también que esa gente hoy día está dispuesta a engrosar una gran corriente general que pueda modificar este estado de desorientación y de amargura que está frustrando al país.

Antes de concluir y relativo al tema de la cooperación internacional entre los Estados Unidos de América y el nuestro, yo quiero hacer una explicación de por qué todos los días la ayuda económica que recibe el nuestro es mayor y por qué todos los días esa ayuda parece ineficaz. Mientras en el gobierno americano y en el contribuyente de ese país subsista la idea de que la cooperación generosa puramente filantrópica que se acuerda a nuestro país es la cooperación económica que se presta a una comunidad de mendigos, incapaces de administrarse por sí mismos, y entregados a una campaña indefinida de extracción y chantaje internacional, mientras se juzgue la cooperación económica que recibe nuestro país como la moneda que da el pudiente al menesteroso, no podremos evitar el que nuestras relaciones sigan el peligroso camino que conduce a ese ánimo ofendido del menesteroso cuando una moneda que cae en sus manos le recuerda su dependencia o peor aún, cuando siente que esa moneda está comprando una adhesión política insincera debajo de la cual se oculta la resolución de vengar algún día tanta abyección y vergüenza.

Yo debo acudir frecuentemente a vuestra tolerancia para permitirme algunos juicios que podrían parecer excesivos. Hay una modificación en los hábitos, en las costumbres de las personas y de los pueblos por las que un conjunto de ideas vigente por un tiempo pierde toda eficacia política en otro. La administración Kennedy es el principio de este fenómeno, por el que la derecha, así como la entendemos de un modo simple y excesiva, comienza también a abatirse en retirada dentro de los Estados Unidos. Hoy día parecería que no hay en el mundo sino una solución de izquierda. Hago la advertencia de que son términos de un valor relativo y de mucha imprecisión, sin embargo esto es evidente.

Hoy día, en nuestro país, probablemente no ha de haber otra posibilidad política que una posibilidad dentro de esta factura que es la izquierda. Lo importante es que para el futuro quienes han estado marginados de este proceso, quienes han querido prestar su concurso valioso a una empresa nacional grande y generosa estén dentro de una izquierda que asegure el pan y la libertad y respete la dignidad humana. Una izquierda que no ignore esta tradición profundamente cristiana de nuestro pueblo.

Señor Rector, señoras, señores debo pedir a ustedes disculpar el desorden con que esta noche he puesto algunas ideas y atribuirles solamente el valor de una confesión sincera de preocupaciones que supongo también son las de mucha gente en este país. Yo he buscado en esta ocasión, aparte de la necesidad y satisfacción de relacionarme con la Universidad y los círculos intelectuales del departamento de Cochabamba, una forma también de liberar mi conciencia diciendo, con el valor civil con que uno debe asumir esta clase de actitudes, algunas ideas, algunas preocupaciones, que creo son de una buena parte de la gente de nuestro país. Gracias.

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